UN GOBIERNO DE ICOPOR

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La arremetida terrorista que ha puesto al País de rodillas, nos deja varias conclusiones fundamentales: Primero, tenemos un Gobierno de icopor, incapaz de enfrentar la gravísima situación. Y segundo, la mal llamada “protesta pacífica” no es más que el nombre que se le ha dado a una operación de guerra urbana, articulada y financiada por una organización criminal, preparada con meses de anticipación para derrocar al Gobierno, tomarse el poder, e imponer en Colombia una dictadura marxista.

Lamentablemente, esta realidad evidente aún no fue entendida por el Presidente Duque, después de ocho días de guerra. ¡Colombia está acéfala! ¡No hay Gobierno y en las calles de las principales ciudades se vive una verdadera guerra civil. Gran parte del mobiliario urbano de Bogotá, Medellín y Cali, las tres ciudades más importantes de Colombia, ha sido destruido por hordas terroristas articuladas, pagadas y dirigidas por alguien.

La “paz” del Acuerdo con las FARC

Esta es la “paz” del Acuerdo con las FARC. Y fue el propio ex presidente Santos el que nos anunció que se vendría sobre Colombia la guerra urbana, como mecanismo para imponer el Acuerdo que le valió el premio Nobel. Allí estaban establecidas la impunidad total para los terroristas, la libertad para sembrar 200.000 hectáreas de coca, el supuesto derecho a convertir la protesta en terrorismo, el control político que ahora ejercen las FARC desde el Congreso, y el costo descomunal para financiar los acuerdos con las FARC.

Esta es la consecuencia inevitable de las claudicaciones del Estado. Las FARC, el ELN, los terroristas, los carteles de la droga, los movimientos indígenas, los venezolanos chavistas infiltrados, y los políticos que dirigen estas hordas subversivas desde el Congreso de la República, están articulando un Golpe de Estado para derribar el orden institucional.

Entretanto, a pesar de llevar una semana en medio de este “bogotazo”, el Presidente Duque está encerrado en su despacho, no ha hecho declaración pública alguna, no decreta la conmoción interior, no da ninguna orden, ni establece directrices contundentes a la Policía y al Ejército. Pero, sobre todo, no pone la cara ante el País, para que los 50 millones de compatriotas sientan que alguien está al mando, que nos está defendiendo, que sabe lo que hace, y que con mano firme y decidida, está al timón de una Nación que enfrenta una de las mayores tormentas de su historia.

Pero no es así. El Presidente ha salido todos los días en televisión en su programa diario sobre la pandemia, para decirnos que nos pongamos la vacuna y que usemos el tapabocas. Su preocupación es el nombramiento de los nuevos ministros y la redacción de una nueva reforma tributaria, como si eso fuera lo más urgente en estos momentos. ¡Y mientras tanto, el País está en llamas!

Cali está desprotegida por el Gobierno

Ni siquiera se ha referido a la situación angustiosa de Cali, que es la ciudad más afectada por los hechos. Gran parte de la responsabilidad de lo que ha sucedido en Cali la tiene el alcalde Jorge Iván Ospina. Como jefe de la Policía, ha sido el patrocinador del vandalismo, ha traído a miles de indígenas desde el Cauca para que aumenten el caos en la ciudad, e impide que la Policía y el Ejército actúen en concordancia con la gravedad extrema de la situación. Pero esto tampoco incomoda al Gobierno, que no hace nada. Los senadores comunistas Wilson Arias, Alexander López y Gustavo Petro alientan las protestas con su presencia en medio del vandalismo y la destrucción, y nadie del Gobierno hace nada ni dice nada. Y mientras tanto, Cali y toda Colombia se sumergen en el caos.

Los empresarios y los gremios de Colombia hacen tímidos comunicados de prensa, demostrando una total ignorancia ante la realidad de los hechos. Todos comienzan defendiendo el “derecho a la protesta”, como queriendo congraciarse con los responsables de la destrucción. Ninguno exige del Gobierno las respuestas elementales que se debieron dar desde el primer día. Las Cámaras de Comercio, que representan a los miles de comerciantes y empresarios arruinados, tampoco dicen absolutamente nada. Las universidades, que forman a sus estudiantes en los postulados de la protesta, guardan silencio. Las autoridades eclesiásticas, tan locuaces en defender los derechos del pueblo, y tan habilidosas para reunirse con las FARC y el ELN, tampoco se han pronunciado.

Y mientras tanto, el País se desangra. Estamos a la deriva. Ninguna de las herramientas previstas en la Constitución para enfrentar una crisis de gravedad extrema, como la declaratoria de la conmoción interior, ha sido considerada siquiera. Si lo que está pasando no justifica tomar esas medidas extraordinarias, entonces que por favor alguien del Gobierno nos explique en qué consiste la turbación extrema del orden público.

La debilidad, fuente de grandes tragedias

Vivimos uno de esos momentos trágicos de la Historia, en que los gobernantes de turno no estuvieron a la altura de las circunstancias, permitiendo así que sucedieran las más grandes tragedias. Luis XVI se entretenía arreglando relojes y cerraduras, mientras los enemigos de Francia preparaban una de las mayores carnicerías de la historia, liquidando a la monarquía y llevándolo a él a la guillotina. Y Nicolás II, zar de todas las Rusias, dejaba que las decisiones del gobierno las tomase un demonio con apariencia de santo, llamado Rasputín, mientras los radicales comunistas preparaban otro baño de sangre, que se esparció por el mundo hasta ahora. Y su debilidad inexplicable lo condujo a su fusilamiento, con toda su familia.

Presidente Duque: ¡Todavía está a tiempo para salvar a Colombia! Pero tiene que asumir su papel de Jefe de Estado, lo cual no se hace abriendo diálogos inútiles con los terroristas. Ellos lo quieren destruir a Usted y a toda Colombia. ¡Y Usted los tiene que enfrentar, con el apoyo de todos los colombianos!

Mayo 5 de 2021 – [email protected]
Foto: www.semana.com

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